❁¿PORQUÉ CURAN LOS CURANDEROS?❁

 

La existencia de curanderos que proporcionan alivio e, incluso, ayudan a sus pacientes a sanar de las más diversas dolencias está fuera de discusión a estas alturas. Sobre ello se ha escrito mucho explicando las muy diversas y complejas razones de cada caso. Pero, ¿cómo puede explicarse que muchos falsos curanderos den lugar a sanaciones contrastadas y que, cuanto más populares y carismáticos sean, más extraordinarios sean sus resultados? Porque muchos curanderos a los que se ha sorprendido cometiendo fraude cuentan con curaciones hasta de enfermedades que parecían irreversibles. ¿Cómo se explica?
La ciencia ha comprobado más allá de toda duda con numerosos estudios y experimentos -especialmente en la última década- el rol que juega la mente en nuestra salud y, por ende, cómo influyen en ella las creencias, los sentimientos, las emociones… Hoy sabemos que la comunicación entre el cuerpo y la mente acaece en los niveles más profundos de la misma célula, que la mente se expresa también a través de pensamientos y emociones y que los estados de ánimo repercuten en el cuerpo físico hasta el punto de que son muchas veces los desencadenantes de las enfermedades.
¿Y cómo un pensamiento, que es algo inmaterial, puede crear algo tan material como un tumor, una infección o cualquier disfunción física? Lo cierto es que la ciencia médica ha demostrado que los estados físicos y mentales se influyen mutuamente, que existen mecanismos por los cuales la mente puede modificar el comportamiento biológico orgánico creando incluso tumores o haciéndolos desaparecer. Hoy caben pocas dudas de que un disgusto puede generar un infarto, el estrés una úlcera de estómago, una “aparición mariana” curar un cáncer y la fe puesta en un mago o en un sanador provocar la remisión de las enfermedades más graves.
Un estudio experimental realizado durante tres años (1996-1999) con un grupo de enfermos de cáncer en la Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford (California) y llevado a cabo por un equipo multidisciplinar integrado por médicos, psicólogos y sociólogos bajo la dirección del doctor Larry Walker sometió a 20 enfermos a las técnicas de sanación ejercidas por un grupo de presuntos chamanes, que en realidad, no eran sino actores que representaban ese papel de forma lo suficientemente convincente como para hacer creer en ellos a los pacientes. Pués bien, los resultados hablan por sí mismos: el 80% de los enfermos sometidos al experimento puso fe absoluta en los “actores- chamanes” y, de ellos, un 45% logró una mejoría muy llamativa, un 20% detuvo el proceso de su enfermedad estabilizándose y en un 10% ésta remitió totalmente. El resto fue indiferente a la fingida acción chamánica. Las vinculaciones entre mente y cuerpo se deben a que los tres sistemas orgánicos básicos que permiten la vida del cuerpo físico -sistema inmune, sistema endocrino y sistema nervioso- trabajan conjuntamente influyéndose de forma recíproca. Pero lo más determinante es que la ciencia médica ha constatado que todos ellos están orquestados desde el cerebro por lo que la poderosa y misteriosa mente tiene la primera y última palabra en lo que a la salud se refiere. Por eso, con independencia de que aceptemos o no las curaciones protagonizadas por sanadores y curanderos, hemos de tener presente también el poder de “autocuración” -o de “autodestrucción”- de nuestra mente, sea cual sea el elemento que la propicie. Un curandero puede provocar la curación con un simple fetiche o el sanador con la imposición de manos de la misma forma que puede hacerlo el médico con un vulgar placebo o la fe depositada en la Virgen de Lourdes, en una jaculatoria o en un gurú. No importa cuál sea el medio curativo que se sitúe ante el enfermo, lo importante es que éste crea en él.
Muchos falsos curanderos obtienen precisamente logros espectaculares en sus pacientes al inducir en ellos -por fe o por catarsis emocional- el efecto placebo ya que son las creencias o la sugestión envolvente del escenario en el que se realizan las sanaciones y, sobre todo, las expectativas que promueven en el enfermo las que generan la autocuración.
LA FE QUE CURA O MATA
¿Qué siente o piensa un enfermo inmerso en el arrobamiento que genera la fe en el escenario de las apariciones de Lourdes? ¿Qué efectos desencadena en la mente del enfermo el impacto emocional provocado por la acción de un presunto cirujano psíquico? ¿Cómo interpreta la mente de los presuntos endemoniados o poseídos por espíritus maléficos el impactante ritual del chamán o del exorcista? ¿Qué sentimientos experimenta el enfermo que pone su fe en la acción de los médicos del más allá o del astral, en seres venidos o manifestados de otros mundos o, incluso, en impostores que se presentan ante él como elegidos por Dios para salvarle de la enfermedad? Si las creencias modulan nuestros pensamientos y sentimientos, y estos crean la salud o la enfermedad, ¿no podrá ocurrir que el enfermo se convierta en su propio sanador movido por sus pensamientos y emociones?

En la mayoría de los casos en los que se han producido curaciones inexplicables -sobre todo en aquellas promovidas por falsos curanderos- la fe ha estado presente en el epicentro del pretendido milagro. La fe -según el Diccionario de la Lengua Española- es la confianza que se tiene en una cosa. La fe mueve montañas, la creencia en lo posible crea realidades. No de otro modo puede explicarse el éxito del placebo como tratamiento médico. Y se entiende por placebo cualquier sustancia inactiva que induce cambios y mejoras en determinados pacientes que, ignorantes de que el producto carece de eficacia terapéutica alguna, ponen su fe en el poder curativo del mismo. Placebo que puede ser una solución de agua, pastillas coloreadas o cualquier otra cosa que tenga un aspecto convincente como medicación: lo importante es que el paciente tenga fe en el supuesto “medicamento” Pues bien, como placebo puede actuar cualquier elemento, acontecimiento o persona si consigue arrancar la fe de aquellos a quienes afecta. Lo cierto es que ningún fármaco ha podido superar los éxitos de los placebos en cuanto a curaciones espontáneas se refiere.
El doctor Kennet Rothman– epidemiólogo de la Universidad de Boston- ha realizado rigurosos estudios sobre los efectos del placebo y afirma en sus publicaciones que estos han demostrado en el 75% de los casos ser tan eficaces como la mayor parte de los medicamentos activos contra el dolor, el asma o las alergias. Es más, observó incluso que en un 30% de los casos el placebo provocó la remisión de tumores no malignos y en un 8% de tumores cancerígenos. Estos datos reveladores de la acción del placebo son suficientemente significativos y nos sitúan ante el verdadero mago de muchas de las inexplicables y prodigiosas curaciones espontáneas: el poder de la fe y la sugestión. O, lo que es lo mismo, el poder del pensamiento y de las emociones.
Efectivamente, el uso del placebo en el ámbito experimental científico muestra que éste puede hacer desaparecer en pocos días tumores incurables, lograr una rápida recuperación tras un infarto, devolver a órganos que no funcionaban su actividad normal y aliviar dolores crónicos, entre otros muchos “milagros”.
Un caso que pasó a los anales de las investigaciones de la Medicina es el que vivió el doctor Bruno Kloper, profesor de la Universidad de Boston y médico hospitalario. Kloper se encontró un día ante una situación difícil: tenía un paciente llamado J. Wright al que se le había encontrado un cáncer linfático en estado muy avanzado. Desesperado, el enfermo se enteró entonces de que existía un fármaco específico para ese tipo de cáncer en periodo de experimentación llamado Krebiozen e insistió reiteradamente para que se le pusiera a tratamiento con él. Sin embargo, como eso no era posible ya que el fármaco en cuestión ni siquiera había entrado en periodo de experimentación con humanos Kloper decidió darle un placebo haciéndole creer que se trataba de ese producto y así tranquilizar al enfermo, en fase casi terminal. Pués bien, a la semana el paciente caminaba con un aspecto radiante, las masas tumorales que tenía extendidas por todo el cuerpo se habían reducido a más de la mitad, a los diez días fue dado de alta y al mes desarrollaba su vida con normalidad. Los tumores desaparecieron y las siguientes revisiones periódicas mostraron una inexplicable involución de la enfermedad: los médicos estaban siendo testigos de una curación milagrosa espontánea de cáncer.
El placebo puede hacer frente a numerosas y diversas enfermedades pero deja de tener efecto si el enfermo sabe lo que es; luego el placebo funciona siempre y cuando concurra la fe en él. Bueno, pués el problema ético que plantea el placebo es el mismo que podría suscitarse en el caso de los recursos empleados por los falsos curanderos: ¿es legítimo engañar al enfermo? Por el momento, en Estados Unidos y en la mayoría de los países europeos está absolutamente prohibido.
La fe depositada en una divinidad, en un santo, en un fetiche, en un ritual, en una jaculatoria, etc., se comportan como placebos al atribuírsele poderes sobrenaturales. La fe es creencia: un pensamiento que contiene una valoración sobre el poder que atribuímos al objeto de nuestra fe para cumplir nuestros deseos. El doctor Deepak Chopra opina que cuando se produce la aparición de una enfermedad o se da una sanación el pensamiento se ha transformado en materia; es decir, nuestra mente ha creado la salud o la enfermedad en el cuerpo físico o, lo que es lo mismo, ha transmutado la materia. “Las curaciones milagrosas -explica Chopra-parecen ser un ejemplo de sumersión en esa zona desconocida en la que el pensamiento se transforma en molécula entre la mente y la materia”.
La verdad que encierra esta reflexión queda patente en la descripción que en El médico de la mente (Ed. Urano) hace el psiquiatra J. Blake de un hecho insólito acaecido en el hospital de una cárcel estadounidense. En 1997 se llevó a cabo un experimento con un preso condenado a muerte al que se le explicó que se había solicitado ejecutar la sentencia de una forma diferente, aplicando un medio indoloro. El preso –J. W. L.– accedió a que así fuera ya que se le dijo que con ella no sufriría al morir. El equipo médico le explicó que sólo sentiría cómo iba sumergiéndose en un sueño reparador. El caso es que se colocó al preso en una camilla dejando sus brazos colgando fuera y se le dijo que iban a proceder a hacerle unas pequeñas incisiones en las muñecas para que la sangre fuese cayendo lentamente en dos recipientes. De esa forma su cuerpo se desangraría lentamente y él entraría, con un dulce sopor, en la muerte. Pero en realidad no se le hizo ninguna incisión sino que se arañaron sus muñecas superficialmente con un bisturí por lo que no había sangrado. Sin embargo, se hizo resbalar por sus manos de forma continua un hilo de agua templada. El condenado fue poco a poco quedándose dormido. Y cuando el agua que caía en los recipientes alcanzó los cinco litros -que es la cantidad de sangre aproximada que contiene un cuerpo humano- murió. He ahí una muestra del poder de la sugestión. No sin razón ya sentenció Buda hace 2.500 años lo que hoy sabe la ciencia: ”Somos lo que pensamos”

EL PODER DE AUTOCURACIÓN 
Existen suficientes evidencias científicas de que mente y cuerpo funcionan como una unidad inseparable. El doctor B. Siegel, tras veinte años de aplicación de terapias de visualización, publicó sus resultados con una significativa conclusión final que pone de relieve el extraordinario poder que todos tenemos para intervenir en nuestra salud. Según Siegel, el 85% de las enfermedades son autocurables con técnicas de autoinducción que, aunque aparentemente son modernas, en realidad están inspiradas en antiguas culturas y fueron empleadas con éxito tanto por los chamanes navajos como por los zulús o los brujos de las más remotas comunidades orientales.
Abundando más aún en la vinculación mente-cuerpo, Daniel Goleman -el autor de “La Inteligencia emocional”, comenta que “un análisis de más de cien estudios que relacionan las emociones y la salud aporta la prueba indiscutible de la estrecha relación que existe entre la mente y el cuerpo. La gente que padece algún malestar crónico (que está ansiosa y preocupada, deprimida y pesimista o enojada y hostil) tiene el doble de posibilidades de padecer alguna enfermedad grave en el futuro. El tabaco aumenta el riesgo de padecer alguna enfermedad en un 60% pero el malestar emocional crónico lo incrementa en un 100%.”Y aún hay más en cuanto a la interdependencia existente entre la mente, el cuerpo y salud. Los científicos han verificado que los linfocitos (los soldados del sistema inmunitario encargados de eliminar los microbios nocivos que invaden al organismo) dependen del estado de la mente. Si hay un buen estado mental y de ánimo los linfocitos actúan eficazmente; de lo contrario, son vencidos y se generan las infecciones. El sistema inmunitario también vigila las células propias y cuando en cualquier parte del cuerpo alguna célula se divide de manera aberrante produciendo células anormales que pueden llegar a ser cancerosas, el sistema inmunitario reacciona. Y si todo funciona bien en la mente, interviene inmediatamente eliminando esas células atípicas; en cambio, si algo va mal en la mente aparecerá el cáncer.
La conexión entre la mente y el estado de salud la probó de manera incontestable en 1980 el neurólogo de la Universidad de Rochester Robert Ader con los sorprendentes resultados obtenidos en un experimento efectuado con ratas. Ader dió a beber a las ratas agua edulcorada a la que había añadido ciclofosfamida, un medicamento anticanceroso que provoca trastornos gastrointestinales y deprime el sistema inmune. Lógicamente, las ratas enfermaron al beber el agua. Luego, cuando se recuperaron, se las volvió a dar agua edulcorada pero esta vez sin la ciclofosfamida… sólo que las ratas se negaron a beber… hasta que la sed las venció. Y lo curioso es que aunque esa segunda vez el agua sólo contenía azúcar volvieron a sufrir los mismos trastornos y -lo que fue más significativo- ¡su sistema inmunitario se deprimió exactamente igual que cuando tomaron la ciclofosfamida! Las ratas habían relacionado la ingesta de agua edulcorada con su malestar y su cerebro la asoció también con la bajada del nivel de respuesta de su sistema inmume. De tal manera que, aún en ausencia del medicamento que provocaba la enfermedad, las ratas enfermaban “por experiencia”.
Ader acuñaría pocos años más tarde un nuevo término para describir la interacción constante que se produce entre cerebro, sistema endocrino y sistema inmunitario: Psiconeuroinmunología. Como es obvio, desde el nacimiento de esta nueva disciplina el territorio de las “curaciones mágicas” se redujo considerablemente ya que un inmenso número de casos hasta ese momento inexplicables -especialmente los de los falsos curanderos- pasaron a poder explicarse científicamente.
Con ello se reduciría también el ámbito de la investigación psíquica pués a partir de ese momento sólo sería objeto de estudio la actividad de aquellos curanderos que pudieran demostrar ejercer su acción terapéutica en personas en las que pudiera descartarse el efecto placebo; es decir, la acción de aquellos sanadores y curanderos que producen un efecto curativo en animales, plantas o sustancias orgánicas de la misma manera que lo consiguen con personas que desconocen que está siendo objeto de una sanación.

LAS RAZONES DEL MILAGRO : 
¿Y cuáles son, según la Psiconeuroinmunología,los mecanismos que ponen en marcha el funcionamiento sanador o autodestructor de nuestro organismo que permiten comprender el efecto causado por la fe? Pues el conocimiento de que la psique (la mente) y el cuerpo (el soma) jamás trabajan por separado. Todo el funcionamiento corporal está dirigido desde el cerebro. Desde el sueño a la digestión pasando por la secreción de hormonas, el ritmo cardíaco, etc. Siendo un órgano diminuto del mismo, el hipotálamo, el responsable de ese mecanismo autoregulador del cuerpo físico del cual dependen los principales sistemas vitales del organismo: el sistema nervioso vegetativo y el sistema endocrino. El primero se encarga de todos los movimientos internos (contracción del intestino, latidos cardíacos, etc.) y el segundo se ocupa de la secreción de hormonas. Claro que el hipotálamo –y, por ende, ambos sistemas- está asociado inseparablemente al sistema límbico, encargado de gestionar la experiencia emocional.
En suma, las emociones tienen un lenguaje inductor de efectos en cadena gracias a la relación hipotálamo-sistema límbico. Y tan es así que un infarto puede acontecer aun cuando el protagonista esté sentado reposadamente en un sillón durante una agradable sobremesa si éste recibe una llamada telefónica advirtiéndole de que acaba de arruinarse por una caída de la bolsa. El impacto emocional causado por la inesperada y desagradable noticia puede actuar de forma fulminante en su organismo: la emoción desencadenada en su sistema límbico llegará al hipotálamo y este desbordará sus funciones vegetativas provocando el infarto.
Ahora bien, ambos centros rectores -el hipotálamo y el sistema límbico- reciben instrucciones de un “jefe” superior: la corteza cerebral, el lugar donde residen los pensamientos. Con lo que el comportamiento del organismo depende de los contenidos de los pensamientos que se gestan en ella. Y es que para la medicina actual no cabe ya duda alguna de que los pensamientos son frutos de las emociones y que éstas dependen en gran medida de nuestro marco afectivo y de creencias, de nuestras aspiraciones y de nuestros roles y, sobre todo, de nuestros valores sociales, culturales y espirituales. El “milagro sanador”, por tanto, no sería sino la somatización de un pensamiento o de una emoción. A pesar de lo cual la “curación inexplicable” aún se identifica con el “milagro” y todo lo que no puede explicarse mucha gente lo sigue achacando a la acción de un poder sobrenatural o divino. Una circunstancia que es aprovechada por la picaresca de muchos y el despropósito de otros que ven en el curanderismo un mercado en donde especular con el sufrimiento y la buena fe de las personas.
El doctor Fernando Fariñas, especialista en Psiconeuroinmunología, explica al respecto: “Cuando apareció esta disciplina científica el mundo de los milagros quedó sumamente empequeñecido. Nada más oportuna que aquella frase en la que Jesús explicaba al ciego que no era él quien le había devuelto la vista sino su fe. La fe, la emoción, en suma, la sugestión, sana o mata. El mágico poder del pensamiento nos convierte en auténticos autosanadores movidos inconscientemente por la fe que ponemos en algo o en alguien atribuyéndoles un poder sobrenatural”.


Fuente: http://www.dsalud.com/index.php?pagina=articulo&c=715

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